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CBianchiRoss/Vida y Obra

Ciro Bianchi sí tiene la historia

Ciro Bianchi sí tiene la historia

Gina Picart

Quisiera que este trabajo no fuera considerado una reseña, pues el libro sobre el que trata fue vendido en nuestras librerías hace ya más de dos años, pero no siempre puede uno estar al día con sus lecturas, especialmente cuando la salud y otros dilemas de la vida conspiran constantemente contra el desempeño profesional.

Muchas personas prefieren no hablar sobre las influencias que han recibido a través de sus vidas, especialmente los intelectuales, quienes gustan de mantener un espeso silencio en torno a esta peliaguda e inquietante cuestión. ¿A quién le debo? es una pregunta que pocos desean responder, y entre los que se deciden a hacerlo se puede percibir a menudo cierta incomodidad.

Sin embargo, como pienso que nada ennoblece más que la pertenencia a un linaje ilustre, yo me declaro lectora entusiasta, desde mi juventud, del periodista Ciro Bianchi Ross, maestro de cronistas en esta isla que no sé si será la tierra que ojos humanos han visto, pero es la que los cubanos más amamos.

Cualquier foto de Ciro, pero en especial la que ilustra la nota de contracubierta de su libro Yo tengo la historia, publicado por la editorial UNIÓN, 2008, mostrará de inmediato una de sus más notorias características de personalidad: es un observador sagaz y sutilísimo, siempre en acecho, a quien no escapa ni una partícula del aliento vital de un sucedido, tal como decía el Gran Khan de La China que debían ser los espías perfectos, y don por el cual este legendario monarca recompensó al viajero veneciano Marco Polo con riquezas tan espléndidas que cuando este, recluido en la cárcel años después, hablaba de ellas, nadie, salvo Rustichello de Pisa, le creyó.

Ciro tiene un currículo periodístico más que impresionante, y probablemente haya sido el periodista más leído en Cuba entera desde que comenzó a ejercer este oficio, gracias a sus magistrales, amenas, pintorescas y extraordinariamente cinematográficas crónicas de la historia cubana. Porque no se trata solamente de investigar hasta el dato más escondido y sacarlo a la luz. Importa muchísimo también la capacidad que tenga el periodista como comunicador, y además, en el caso de Ciro, la posesión de ese humor criollo, desenfadado, pícaro y burlón, que hace de cada texto suyo algo muy semejante a la delicia de devorar una torta de tiramisú en el café El Escorial, de la Plaza Vieja. Ciro tiene un gracejo inimitable, en verdad. También lo tenía Eladio Secades, pero en un estilo diferente, muy deudor de la ironía por contraste. Cuando uno lee a Ciro, le parece que está escuchando el reportaje verbal de un buen amigo en la esquina del barrio, un amigo inteligente, observador y perceptivo a quienes los sucesos no pueden esconderle su esencia más recóndita. Sus crónicas tienen la dinámica viva de una sabrosa conversación, y al mismo tiempo, parecen películas. Los capítulos de este lbro dedicados a los duelos y a llas muertes misterosas, en especial la del parlamentario Enrique Villuendas, no tienen nada que envidiar a auténticas secuencias escritas para el cine.

Yo tengo la historia es un libro de crónicas dedicado a ese período de la historia de Cuba, tan perturbador y polémico, que fue la República, llamada por algunos Pseudo República, término que asfixiaba de ira a Dulce María Loynaz y a muchos por cuyas venas corría y corre aún sangre mambisa, y hasta Repútica, vocablo que no quiero aventurar lo que despierte en otros muchos. Pero Ciro, siempre objetivo, tiene como propósito fundamental resucitar el suceso, animarlo para que podamos contemplarlo como si estuviéramos viviendo en la fecha en que ocurrió lo que narra. Sus escritos son los mejores textos de Historia nacional, aunque en alguna que otra ocasión alguien le haya atribuido el pecadillo del exceso y hasta de la invención, llamada en su ayuda cuando queda algún microscópico espacio por llenar con datos que han desaparecido del planeta. No se lo reprocho: el producto final es más sabroso con estas especias aumentadas de dosis. Lo que en cualquier periodista sería una mentirijilla, en Ciro se transforma en dato enriquecedor que siempre redunda en favor de la cultura del lector.

La historia de Bohemia, una de las más famosas y perdurables revistas de la isla; de los personajes caricatrurescos más célebres, como el Bobo de Abela y el Loquito de Nuez; la célebre Chambelona, la vida del gran compositor Eliseo Grenet; del novelista Alejo Carpentier, el declamador Luis Carbonell y el porta Regino Pedroso; la historia de los duelos en Cuba; historias sobre presidentes y vicepresidentes republicanos… En fin, que sería muy larga la lista de los temas tratados en este libro que reseño con sumo placer, mientras saco la cuenta de cuánto le debo a este hombre que ha observado la historia de mi país en los zapatos de un periodista consagrado al servicio del pueblo.

Ciro Bianchi es también autor de los títulos Las palabras de otro, Voces de América Latina, Un hombre en la noticia, Tras los pasos de Heminway, Yo soy el chef, García Lorca/ Pasaje a La Habana, La oreja de Dios, Oficio de Intruso, Así como lo cuento, Memoria oculta de La Habana y otros. Ha ejercido como profesor universitario. Fue asiduo frecuentador del maestro José Lezama Lima en su casa de Trocadero, por lo que resulta un testigo de primera mano en el recuento imprescindible y necesario de una de las más grandes vidas consagradas a la literatura patria. Trabajó junto a Cintio Vitier en la edición crítica de Paradiso, obra cumbre de Lezama, y fue el compilador y editor de sus Diarios y del epistolario Como las cartas no llegan, compendio de cartas del gran novelista. Ha sido también antologador de Justo de Lara. Por la excelencia de su obra ha obtenido el Premio Latinoamericano de Periodismo José Martí, y el Premio Nacional de Periodismo Cultural Antonio Fernández de Castro por el conjunto de su trabajo, que ha sido traducido a varios idiomas.

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Ciro Bianchi Ross: artífice del periodismo literario cubano

Ciro Bianchi Ross: artífice del periodismo literario cubano

Jesús Dueñas Becerra

La sala “Martínez Villena” de la Unión de Escritores y Artistas de
Cuba (UNEAC), fue el contexto idóneo para proyectar el documental
“Cuentero con oficio”, de la realizadora y periodista Susadny González
Rodríguez, producido por la UNEAC y el Centro de Desarrollo Cultural
Octavio Cortázar, y dedicado al maestro Ciro Bianchi Ross por sus 43
años de consagración al ejercicio periodístico.

Las palabras de presentación estuvieron a cargo del doctor Miguel
Barnet, presidente de la UNEAC, quien calificó esa actividad festiva
como un privilegio para el gremio de escritores y artistas que él
preside, y al ilustre homenajeado como puente de unión entre los
cubanos (no importa donde vivan), devenido ojo avizor y penetrante que
visualiza -como pocos- la esencia misma de la historia de Cuba. Por
otra parte, centra su atención e interés en la microhistoria,
lamentablemente relegada a un plano secundario por la mayoría de los
historiadores.

De ahí, que uno de los principales artífices del periodismo literario
en nuestra geografía insular sea valorado por el también presidente de
la Fundación Don Fernando Ortiz como un historiador y cronista… único
e irrepetible.

En el documental “Cuentero con oficio”, el actor Jorge Ferdecaz, ex
conductor del espacio “Como me lo contaron ahí va”, que transmite
semanalmente el capitalino Canal Habana, entrevistó a uno de los
mejores entrevistadores con que cuenta la prensa cubana contemporánea.

En sus respuestas a las preguntas formuladas por el joven actor,
Bianchi Ross hizo un recorrido -a vuelo rasante- por la historia de la
Cuba republicana (1902-1958), la cual -según el también columnista de
“Cuba Internacional” y del diario “Juventud Rebelde”- está, en
ocasiones, muy mal contada, o lo que es peor, tergiversada. Si bien no
adultera el hecho histórico en sí, le confiere un tono humorístico que
-sin duda alguna- lo distingue.

Su “personaje preferido” es La Habana, y como figura histórica digna
de estudio, el doctor Carlos Prío Socarrás, ex presidente de la
República de Cuba entre 1948-1952; año en que fuera derrocado por el
golpe de estado perpetrado por Fulgencio Batista y Zaldívar.

Los géneros periodísticos predilectos de ese maestro de la pluma y el
gracejo criollo son la crónica y la entrevista. Respecto a las
personalidades de la cultura iberoamericana entrevistadas por Bianchi
Ross describió -como sólo él sabe y puede hacerlo- las dificultades
afrontadas para poder entrevistar, por ejemplo, a los escritores Alejo
Carpentier y Augusto Monterroso.

Al autor de “El siglo de las luces”, porque le vetó las preguntas en
las que había pensado estructurar la entrevista, y a Monterroso,
porque le prohibió tomar notas o grabar las respuestas a las
interrogantes que -en ese contexto- le formulara.

Para Ciro, su paradigma periodístico era -es y será- el maestro
Enrique de la Osa, director de la sección “En Cuba”, de la centenaria
revista “Bohemia”, ya que ejerció una marcada influencia en su
formación como periodista, y le enseñó -mediante el ejemplo vivo- que
para ejercer rectamente nuestra profesión hay que ponerle corazón
(“bomba”) a lo que uno escribe (no importa el medio).

Entre otros temas, que -en su opinión- no podía soslayar u olvidar,
hizo una valoración muy satisfactoria de la obra poético-literaria y
periodística de Don José Lezama Lima (1910-1976), cuyo centenario
celebramos este año, y a quien considera uno de los mejores poetas y
novelistas cubanos de todas las épocas y de todos los tiempos.

Su relación profesional y amistosa con ese gigante de las letras
caribeñas y universales le costó una injusta sanción en la “época
gris”, en la cual el autor de “Paradiso” era vilipendiado por los
roedores de la inteligencia y el talento ajenos, que -según José
Martí- se alimentan del odio y la envidia.

Casi al final de ese material audiovisual, el destacado intelectual
cubano le susurró al oído a su entrevistador que es un hombre
realizado, no porque sea lo que dicen que es en el campo de la prensa
cubana, sino por el amor y la pasión que le dedica a todo cuanto hace,
aun a aquellas cosas -al parecer- más sencillas e insignificantes.

Le encanta re-leer las crónicas dominicales que escribe para “Juventud
Rebelde” o los materiales periodísticos que redacta para los medios de
prensa con los cuales colabora habitualmente, porque -admitió-
constituye una gran alegría… como si fuera la primera vez que ve su
nombre en letra de imprenta.

Por último, se autodefinió como un ser humano sencillo y humilde por
naturaleza, y de acuerdo con su filosofía de la vida, “la suerte hay
que hacerla y las oportunidades -cuando se dan- hay que
aprovecharlas”, concluyó.


Vida de café

Vida de café

Rigoberto Rodríguez Entenza

 

Hace unos días ese exquisito editor y buen amigo que es Alfredo Zaldívar, tuvo a bien obsequiarme un libro de cuya imagen visual emerge el misterio de la belleza, cosa lograda gracias a la ingeniosidad y coherencia en el diseño de Johann Trujillo. Vida de café (Ediciones Matanzas 2008) es, a primera vista, uno de esos objetos que se manipula con el mismo cuidado con que llevamos las mejores páginas de nuestra memoria; pero también, para mayor dicha, agréguesele el contenido principal: el texto mismo, integrado por una serie de crónicas escritas por el conocido periodista y escritor Ciro Bianchi Ross.

A Ciro los lectores de Juventud Rebelde, cada domingo –o lunes, que no siempre se coge a tiempo- le agradecen verdaderas joyas, textos que nos hacen evocar lo mejor del oficio periodístico. Quizá por eso mismo, al terminar la lectura, cuando ya entrada la noche saboreaba los artificios constructivos de cada pieza, cuando danzaba en el límite preciso entre la realidad y la imaginación, recordé a otro gran cronista, Lisandro Otero.

Con este último hablé apenas dos veces; la primera, en el Centro Cultural Dulce María Loynaz, ubicado en la casona donde vivió la autora de la novela Jardín; fue un intercambio breve, del que apenas recuerdo el tono de su voz, grave y segura; en esa oportunidad le comenté mi preferencia por su novela Temporada de ángeles, la cual considero su mayor hallazgo. Tras agradecerme aclaró que había otros lectores –y críticos- que también la tenían como su mejor obra. Eso fue todo. La segunda justifica mi digresión; ocurrió durante una de las jornadas santiagueras de La Feria del Libro del año 2004, a la que acudí invitado por gente buena y de palabra como Reinaldo García Blanco y Teresa Melo. En un salón del Teatro Heredia sesionaba una mesa redonda para hablar sobre los vínculos entre literatura y periodismo. Antes de comenzar su exposición, Lisandro Otero y yo nos cruzamos otras palabras; él, tras una pregunta, me dijo algo que luego repitió en su intervención: se habla de periodismo literario, a mí en muchas ocasiones me han preguntado qué usted cree; pero sobre ese tema lo que quiero decir es que no existe; al menos desde mi punto de vista no existe. Fue así de tajante y lúcido; luego explicó que los oficios del escritor y el periodista tienen funciones distintas; su gran similitud es que ambos utilizan la lengua como código de expresión. Lo medular es que al usarla deben bailar y bailar bien en el domino de las palabras. En el ejercicio del reportero el idioma es utilizado en aras de un resultado comunicativo, mientras que la literatura, nos guste o no, tiene otras preceptivas y propósitos. Claro, a todo esto hay que ponerle un pero muy importante y es que hay periodistas que hacen de su arte, dicho este último término con toda intensión, una verdadera eclosión de belleza en la construcción textual. Cuando uno lee las crónicas periodísticas de Martí o Carpentier, siente una afluencia, una armonía que nos remite a la mejor literatura; pero nótese en ellas la preferencia por infirmar desde una visión realista, definida hacia una remisión al hecho y no hacia un espacio reconstruido; así mismo me ha ocurrido a mí al leer los contenidos de Palabras de ocasión de Lisandro Otero o más recientemente un conjunto como Vida de café, de Ciro Bianchi Ross, para solamente citar dos casos en el vasto conjunto de la crónica cubana.

Bianchi Ross es un artífice cuyas líneas he disfrutado con mucho. Su manera de operar con el idioma español nos lleva a la sabiduría y el placer, dos esencias tan necesarias como difíciles de consumar en el ejercicio con la lengua nuestra de cada día.

Así como lo cuento (Ediciones Abril 2004), Yo tengo la historia (Ediciones UNION 2008) y ahora Vidas de café, son textos donde se nos ofrece la oportunidad de asistir a una escritura cuya virtud principal es la unidad entre lo narrado y la forma de contar de este hombre que teje su universo tomando de la realidad hechos y motivos cuya inherencia fluye como si cada elemento hubiese siempre estado en ese orden; porque a la hora de organizar el nuevo cuerpo los nexos entre los elementos parecen absolutos.

A tenor de todo esto me gustaría recordar que hay ejemplos de periodistas cuya belleza en el discurso nos hacen pensar en la literatura, algunos escritores ellos mismos. A esa estirpe pertenece Ciro Bianchi Ross, quien por décadas ha ejercido un periodismo en el que son transversales la sensibilidad y la maestría. Sus crónicas son verdaderas piezas de lujo de nuestra lengua. Para comprobarlo léase esta, su más reciente entrega, Vida de café.

El autor nos entrega en sus páginas un conjunto de crónicas costumbristas en las que sobresale una prosa ágil, atenta a motivos consustanciales con la cotidianidad de los cubanos. Sabe Ciro que la gran historia cubana tiene ocultos un cúmulo de personajes, motivos e intensiones en los que se refleja la esencia de las peripecias del cubano, sus pícaras e inteligentes giros, su ir de un estado de cosas a otro sin perder su centro, su perspectiva; siempre sumando humoradas y soluciones que han permitido estar en el aquí y el ahora con una identidad que se teje desde entramados tan diversos que a veces parecen díscolos.

Los personajes de nuestra existencia: el tacaño, el hablador, el escandaloso,  el bodeguero, el barbero, la prostituta, el cochero, en fin, una galería de personajes que han ascendido desde el meollo de la nación por ya casi cinco siglos y desfilan por espacios tan curiosos como ellos; a saber: un velorio, un cine o un barrio donde lo marginal y lo institucional se cruzan y toman un solo camino.

El costumbrismo contenido en las crónicas en Vida de Café, tiene ese aliento popular que convierte a cada una en verdaderos actos comunicativos, dialógicos, donde los protagonistas vienen a nosotros como viejos y eternos consortes y en ocasiones parece que se nos habla de un ser entrañable, querido o detestado; pero entrañable. Es este un recorrido por el itinerario espiritual de los cubanos, un espacio en el que se puede leer una importante zona de la historia y la manera de asumirla de quines han vivido en esta isla subsumida en la palabra de un maestro, Ciro Bianchi Ross.

Sigfredo Ariel: Un hombre iceberg

Sigfredo Ariel: Un hombre iceberg

Ciro es un hombre-iceberg. Sospecho que de cada asunto sobre el cual escribe sabe mucho más de lo que pone en la cuartilla. En realidad, no lo sospecho, es evidente. Es un gran lector, un lector minucioso y rápido, que tiene la curiosidad como divisa,de ahí que los asuntos de su interés sean tan variados. Posiblemente sea el Gran Inquisidor de nuestras letras, ahí está el tomo de sus entrevistas (pocas, en relación a las que ha realizado).

Tiene un claro sentido de la dramaturgia a la hora de estructurar sus crónicas; maneja la tensión y cierto "suspense", que lo acerca a la narrativa de manera muy eficaz, sin alardear de ello y sin falsos arranques líricos. Huye de la sensiblería y del ahuecamiento de la voz, que suele ser tentación frecuente en trabajos de corte histórico. Ni panfleto ni moraleja, eso nunca, ni mojigatería.   

Ciro persigue la naturalidad, la encuentra siempre. Su prosa es móvil, viva. Tiene la sabiduría de contener la emoción, el arranque apasionado, la desmesura. Sus iluminaciones (las que comparte con el lector, de antemano considerado cómplice) tienen su raíz en la veracidad del dato descubierto, el hallazgo. Su compromiso con la página es de orden histórico. Fatiga archivos con ojo alerta, no cree en la primera agua de la primera fuente, conoce la existencia de los múltiples planos de la realidad contada, memorizada, mediatizada en periódicos o libros: él va a lo hondo, procura arribar al tuétano, en ocasiones ingrato o alejado de nuestras expectativas o intereses. 

Pudo, pues humor no le falta, ser el costumbrista simpaticón, el comentarista de ámbitos "criollos", de escenitas populares, pero no: Ciro no es caricaturista, sino retratista, o fotógrafo en todo caso, por no decir, sencillamente, historiador. Su humorismo contiene sorna, inteligencia, no chiste ramplón ni payasería. Él ha historiado muchas cosas cubanas consideradas más o menos menudas (origen de cierta música, la formación de un barrio o un edificio, la anécdota sobre el prócer o el bandolero...). Así ha dibujado escenarios y ha recuperado del olvido -o la desidia- rostros y detalles afluentes que alimentan el curso de la Gran Historia, es decir, la humanizan.   

 

Olga Marta Pérez: Un gran comunicador

Olga Marta Pérez: Un gran comunicador

Ante todo Ciro Bianchi es un gran comunicador, y es también un trabajador incansable, son dos pilares fundamentales que le han permitido tener una extensa obra de gran calidad y que tiene una gran cantidad de lectores: esto último se debe también a que sus artículos y entrevistas son de una gran eficacia y la diafanidad de sus textos le permite llega a una mayor cantidad de público.

La prosa de Bianchi es desenfadada y directa, al tiempo que mantiene una determinada tensión para atrapar al lector y mantenerlo atento y pegado a la letra hasta el final. La elección de los temas es también una de sus grandes cualidades. Temas que le permiten trascender el tiempo, es un periodismo atemporal si se quiere mirar de esa, o, mejor, con la excelencia que le permite burlar la temporalidad.  

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Leonardo Padura: Capacidad de ver

Leonardo Padura: Capacidad de ver

Ante todo en la elección de los temas: sin ser un periodista noticioso, o precisamente por no serlo -en lo esencial- ha dedicado buena parte de su trabajo a profundizar en historias, personajes, situaciones peculiares, singulares, olvidadas o marginadas. Sobre ellas Ciro realiza dos ejercicios: el de la investigación o el de la penetración. Cuando escribe sobre un tema, por lo general investiga, o tiene la capacidad para ver un poco más allá que el común de los periodistas, y, por una u otra vía, ofrecer una mirada reveladora. Esto ocurre tanto en sus reportajes y crónicas como en sus entrevistas. Ciro, además, no ha caído en la tentación de hacer poesía con su periodismo -algo que, dado su dominio del lenguaje bien pudiera haber hecho- como se puso de moda en Cuba luego de los experimentos periodísticos de los años 1980, cuando se utilizaron muchos recursos literarios para hacer crónicas y reportajes, y algunos periodistas confundieron recursos y lenguajes propios de la narrativa para caer en la retórica de una falsa poesía periodística -de bastante mal gusto. Por el contrario, Ciro sigue usando un lenguaje periodístico, muy ajustado a los temas, y ha utilizado siempre un recurso que otros periodistas olvidan y que es más válido: entender el texto periodístico como una construcción dramática, casi como un relato en el que se envuelve al lector con la dosificación de la información para conseguir un efecto dramático, con introducción, nudo, clímax y desenlace.

 

 

 

Para que las piedras vuelvan a ser imágenes

Para que las piedras vuelvan a ser imágenes

Sigfredo Ariel

 

En víspera de su centenario, José Lezama Lima se nos va completando más, como una ciudad a la cual le van creciendo anillos.

A la decisión del Instituto del Libro de re-editar toda su obra –entendiendo esta como el conjunto de sus libros publicados– se suman y sumarán a lo largo del año 2010, otros volúmenes que recogen textos aparecidos en revistas y periódicos, algunos pocas paginas inéditas, y si hay suerte, se re-editará su Antología de la poesía cubana, antes del próximo diciembre.

Por el aniversario lezamiano aparecerán (están apareciendo, imprimiéndose o escribiéndose ahora) libros de entrevistas, ensayos y materiales críticos que le han dedicado otros autores a su literatura. ¿Quién duda que la suya es de las más atractivas de nuestra historia? ¿Quién habla en estos días de hermetismo y oscuridad? ¿Quién se queja hoy de no entender a Lezama?

Aunque sean, en general, considerados como suburbios de un centro principal, o sea, del grupo de sus libros de poesía, ensayo y novela, los anillos que se van añadiendo a su obra a partir de textos «redescubiertos», rescatados de la dispersión, ensanchan considerablemente la luz que de manera creciente se ha venido echando en los últimos veinte años (y más) sobre su literatura, y sobre el rostro del singular hombre cubano que fue Lezama.

Si ha habido una linterna constante sobre el autor de Paradiso, es sin duda la que mantiene encendida Ciro Bianchi Ross. En otra página relaté el servicio inapreciable que significó la aparición su compilación Imagen y posibilidad para mi generación, advertida por toscos funcionarios desde muy temprano de los peligros que significaba cualquier acercamiento a Lezama, por razones que ahora, a la vuelta de un par de décadas, parecen absurdas, inconcebibles para los más jóvenes que no conocieron (ni padecieron) las últimas brazadas del muy llevado y traído quinquenio gris, decenio negro o como quiera llamarse a aquel periodo de terror burocrático que clamaba por un supuesto «papel activo del intelectual en la sociedad socialista» en el cual no encajaban las aventuras sigilosas de un autor oscuro, pornográfico y católico por añadidura, sino el panfleto de urgencia política y la chatura formal.  

El Lezama periférico recogido por Ciro Bianchi a inicios de la década del 80 no sólo sirvió a los jóvenes de entonces como herramienta que blandir contra amenazantes mediocridades, sino como complemento para la lectura de una obra en la cual nos adentrábamos fascinados. Allí estaban, entre otras revelaciones, su carta abierta a Jorge Mañach en Bohemia, varios reveladores editoriales de Orígenes, y sobre todo el hondo texto que es «La posibilidad en el espacio gnóstico americano» del cual salta el ángel de la jiribilla: «fabulosa resistencia de la familia cubana. Arca de nuestra resistencia en el tiempo, cinta de la luz en el colibrí, que asciende y desciende, a la medida del hombre, como un templo, como una luz instrumentada por Anfión, del linaje de Orfeo.»

En 1981 Imagen y posibilidad cumplió un rol libertario. Con ese libro, dije alguna vez, «Ciro nos puso a Lezama en el plano terrenal», abrió una puerta nueva para contemplarlo mejor, y puso humildemente su linterna en el umbral a través un prólogo que concluye así:

 

Advertimos al lector que esta compilación no es exhaustiva. A pesar del cuidado con que creemos haber trabajado, no nos atrevemos a garantizar que todo lo que hubiésemos deseado que estuviese, se encuentre en este libro. No nos preocupa, sin embargo. Dice Kenko en el Libro del ocio: «Es más interesante dejar las cosas incompletas, esto otorga la plácida sensación de que hay lugar para la prolongación de la vida. Hasta cuando construyen un palacio imperial, siempre dejan un lugar inconcluso».

            Quizás mañana, hojeando una publicación, nos salte un artículo disperso. Será maravilloso, pues vendrá a confirmarnos que Lezama está aún entre nosotros.

Esta alegre confirmación (o profecía de Ciro) se verifica ahora en Lezama disperso. Publicado por Ediciones Unión, con gran tirada, suma un nuevo anillo, una onda más –y no estrecha– a la bibliografía lezamiana, a la presencia de Lezama en la actualidad literaria cubana.

Aquí nos reencontramos con los textos en prosa que en 1988 aparecieron en las páginas de la Revista de la Biblioteca Nacional, en un número que, recuerdo con su fea portada gris, estremeció a los lezamianos furibundos, comando siempre alerta, como la divisa de los pioneros, quienes bebimos aquellas páginas que habían permanecido inéditas hasta entonces con avidez y gozo. (Por cierto, en esa entrega de la Revista de la Biblioteca... –excusen la digresión— se halla el poema conmovedor que Lezama dedicó a un par de zapatos que en medio de días de penuria material le enviaron de regalo sus hermanas, página que espero no se eche de menos en la nueva edición de su Poesía completa.)

Al grupo de trabajos reunidos en el año 88 en la Revista de la Biblioteca Nacional, ahora reproducidos en Lezama disperso pertenece «La egiptización americana» y «Triunfo de la Revolución Cubana», textos que dialogan vivazmente con «Imagen de América Latina», –publicado en Bogotá en 1972– en el entorno de una de las preocupaciones primordiales del escritor: la América nuestra como paridora y al mismo tiempo corpus de la imago: «La imagen termina por encarnar en la historia, la poesía se hace cántico coral», dice Lezama en el último de los artículos mencionados, para concluir: «En el centro de la historia americana, en el quincunce del espacio incaico, sigue ganando las más decisivas batallas por la imagen, las secretas pulsaciones de lo invisible hacia la imagen, tan ansiosa de conocimiento como de ser reconocida.»

La noción lezamiama de la imagen como «causa secreta de la historia», –frase con la cual inicia el primero de los artículos reunidos en Imagen y posibilidad, se desarrolla y ramifica en muchas de sus páginas, en especial cuando alude a José Martí: ser de milenaria sabiduría, dice Lezama, refiriéndose al Apóstol, sin temblarle la mano, en el texto «Hallazgo, encuentro, descubrimientos...», publicado en la revista Unión.

De los trabajos que Lezama dedicó a la obra de Mariano Rodríguez, se encuentran tres de ellos aquí. El más antiguo está fechado en 1943, el segundo fue escrito para el catálogo de una exposición que el artista compartió con Lozano en 1949, publicado mismo ese año en Orígenes. En el tercero y último (también concebido como notas de catálogo) el poeta saluda en 1962 la madurez creativa de su amigo pintor con esta frase extraordinaria: «Dichoso Mariano que ha podido ver los cuatro grandes ríos: el Ganges, el Sena, el Amazona y el Almendares. (...) Si se reúnen en la imagen los cuatro grandes ríos –dice unas líneas después– se logra la extemporalidad, la isla de la dormición germinativa que busca la casa del árbol: la voluptuosidad arbórea, porque la fluencia del río es siempre una prueba.»

 En el curso fluvial de Lezama disperso aparecen varios otros islotes y deltas deleitables, de ellos me gustaría destacar su «Conversación con Paul Valéry», sus párrafos de recuerdo a Guy Pérez Cisneros, el saludo que dedicó a los poemarios Las mágicas distancias y A nadie espera el tiempo de Cleva Solís en 1961 y como pícara curiosidad, un delicioso texto fechado en 1948 titulado «Los zurdos», que quizás (quizás, porque no se ha podido precisar el propósito conque fue escrito) formaba parte de las Sucesivas, que publicó primero en el Diario de la Marina y luego recogió en Tratados en La Habana. Con mano cáustica en «Los zurdos» fustiga la mediocridad intelectual de ciertos escritores cubanos de la época «productos de la actual desintegración política, [que] pasan a la cosa intelectual en su terrorismo pornográfico y su viveza de tropical perezoso.» Y continúa el retrato: «Son los zurdos, combaten a aquellos que por natural jerarquía les pueden enseñar de todo y a los que envidian con celo cainita.»

De especial interés son sus respuestas a la encuesta que sobre «Literatura y sociedad» promovió Enmanuel Carballo para la Revista Mexicana de Literatura en 1956, año del cisma de Orígenes.  

El volumen reproduce también la trascripción de sus palabras en el panel dedicado a Julio Cortázar y su Rayuela en 1967, organizado por Casa de las Américas, donde Lezama no tuvo reparo alguno en expresar del argentino: «Sus dones críticos me parece son superiores a sus dones de creador. Lo que sabe, en él es más poderoso que lo que desconoce, y en un escritor grande, poderoso, lo que desconoce tiene que ser mucho más fuerte que la corriente crítica.»

En la conversación sobre Cortázar, en la cual participaron Roberto Fernández Retamar y Ana María Simo, el hombre de Enemigo rumor moviliza, para argumentar apreciaciones y comparaciones, sus juicios (algunos verdaderamente inquietantes) acerca de Joyce y Proust, Borges, Marechal, Flaubert, Chejov, Valéry, Raymond Russell, Dostoievsky, John Donne y muchos autores más. Yo me pregunto, imaginándola: ¿fue realmente una conversación aquella? Por lo pronto, resulta delicioso leerla ahora.

En Lezama disperso está el testimonio de la gran caída espiritual que significó para el escritor la muerte de su madre en 1964; una serie de apuntes sobre Paradiso que de seguro servirán de claves a estudiosos y críticos de la novela, y su oración ante la caída en combate del presidente chileno Salvador Allende.

Este libro rescató además, de las páginas de Verbum, «Gracia eficaz de Juan Ramón Jiménez y su visita a nuestra poesía», ensayo que no sólo contiene una afilada crítica a la obra poética de varios cubanos –y a la errancia de la crítica literaria  nacional de entonces–, sino que permite vislumbrar cómo, a través de sus comentarios sobre la antología La poesía cubana en 1936 realizada por el poeta español, maduraba el temprano e intransferible punto de vista sobre la asunción de la escritura y el hecho poéticos que poseía el joven Lezama, ideas y circunstancias que son esclarecidas en un par de extensas notas del compilador paciente y enterado que es Ciro Bianchi, quien muy pocas veces abandona los textos lezamianos a la suerte que puedan correr con el lector, sino que aparece ­–diría Gabriela Mistral sobre el papel de las notas–, como un diablillo puntual para desaparecer enseguida que concluya su tarea.

Por ejemplo: Bianchi comenta al pie (y documenta) el caso de Emilio Ballagas, que es atacado aquí con mano dura por Lezama, quien lo redimiría años después, tras la muerte del camagüeyano, en el artículo «Gritémosle ¡Emilio!», recogido en Imagen y posibilidad, compilación que a mi juicio, precisa ser re-editada ya o al menos, mientras tanto, ser repasada otra vez por el lector de Lezama disperso.

Así, en un cercano punto del camino, nos convenceremos que muy pocas veces los textos dispersos de Lezama Lima son andurriales, sino que encarnan acrecimientos de su obra, de su pensamiento, y también de sus contradicciones. Festejemos en este recorrido la compañía de Ciro Bianchi, quien hace las veces de Virgilio con su linterna alzada sobre la altura de nuestras cabezas –igual que aparece el latino en el grabado de Doré–, no para que nos auxilie a descender al Hades, sino para continuar andando tan campantes por el bosque de la imagen, que plantó y continúa haciendo crecer José Lezama Lima.

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Los Diarios de Lezama: confesiones intelectuales

Los Diarios de Lezama: confesiones intelectuales

Marilyn Bobes 

 Más que las revelaciones de una autobiografía convencional, los Diarios de José Lezama Lima, compilados y anotados por Ciro Bianchi Ross, son confesiones intelectuales, cuya mayor utilidad es el acercamiento que nos permite al entendimiento del sistema poético del autor de Paradiso, esa novela monumental del siglo XX cubano.

 

Como expresa en el prólogo Bianchi Ross, la publicación de estos Diarios comprendidos en las etapas de 1939-1949 y de 1956-1958, forman parte del empeño por acercar al lector a un Lezama total.

 

Encontrados en la papelería inédita que, hasta su muerte, custodió María Luisa Bautista Treviño, viuda del escritor, se sospecha que quizás falta en ellos alguna que otra página suprimida por voluntad de la albacea, pero ello no impedirá al lector de este volumen extraer inquietudes y reflexiones de rotundo interés, acercarnos a un pensamiento y una forma de vivir poco frecuentes en la historia de la literatura cubana, por lo general, mucho más apegada en sus fuentes a lo vivencial y a un realismo fundamentado en su testimonio.

 

En la entrevista que sirve de apéndice al libro titulado Asedio a Lezama, el entrevistador Ciro Bianchi pregunta a su autor si Paradiso es una novela autobiográfica. «Hasta el punto en que toda novela es autobiográfica, Paradiso es una novela autobiográfica», responde el interrogado.

Sin embargo, quienes se hayan acercado a su lectura, sabrán que este texto solo puede ser interpretado como un acápite de un todo y que, más que acontecimientos, la obra resume una sucesión de imágenes y personajes que, sobre todo, se expresan a partir de sus ideas y no de sus actos.

Por eso no resulta extraño que los diarios de Lezama reflejen las impresiones que le producen sus lecturas, la audición de ciertas piezas musicales o la contemplación de obras pictóricas y que, aun cuando se mencione en ellos a importantes figuras de las letras y las artes con las que mantuvo una profunda amistad, los apuntes carezcan de incidencias relacionadas con experiencias vitales, entendidas estas últimas en un sentido que podríamos denominar  hemingweyano, para ilustrar mejor una concepción de la existencia basada en la relación entre el hombre y su entorno físico.

 

 Por eso no resulta extraño que los diarios de Lezama reflejen las impresiones que le producen sus lecturas, la audición de ciertas piezas musicales o la contemplación de obras pictóricas y que, aun cuando se mencione en ellos a importantes figuras de las letras y las artes con las que mantuvo una profunda amistad, los apuntes carezcan de incidencias relacionadas con experiencias vitales, entendidas estas últimas en un sentido que podríamos denominar  hemingweyano, para ilustrar mejor una concepción de la existencia basada en la relación entre el hombre y su entorno físico.

 

En la citada entrevista, Lezama define su novela como una summa, «una totalidad en la que aparecen lo muy cercano e inmediato, el caos y el Eros de la lejanía». Pero resulta muy evidente que el mundo intelectual sobrepasa y protagoniza el núcleo de una obra donde la imagen es el recurso expresivo preponderante.

 

 Lo mismo sucede con estos Diarios. No encontraremos en ellos peripecias ni confesiones sentimentales, sino ejercicios del intelecto superior que pugna por convertir al hombre en instrumento de su mente, relacionando e interpretando más que disfrutando hedonistamente de los placeres sensoriales.

 

Si bien los Diarios compilados por Bianchi Ross son apenas esbozos, apuntes aleatorios, no dejan de resultar interesantes para entender a un hombre cuyas claves pueden resumirse en esta confesión: «El mucho leer y la muerte de mi padre, el 19 de enero de 1929, me alucinaron de tal forma que me fueron preparando para escribir. El ejercicio de la lectura fue completado por la alucinación. Mis alucinaciones se apoderaban de la imagen y me retaban y provocarían mi mundo de madurez, si es que tengo alguno».

 

Junto con sus ensayos, sus poemas y su narrativa, los diarios de Lezama nos revelan a un escritor muy diferente al característico de nuestra Isla que se alimenta, fundamentalmente, de la vitalidad y no del intelecto. Es por eso que la epopeya lezamiana resulta tan universal y a la vez tan cubana.

 

Sirva este libro, publicado por Ediciones Unión, para comprender un poco más a una de las figuras más relevantes de la literatura cubana de todos los tiempos, cuyo centenario conmemoramos en este 2010.

e su novela como una summa, «una totalidad en la que aparecen lo muy cercano e inmediato, el caos y el Eros de la lejanía». Pero resulta muy evidente que el mundo intelectual sobrepasa y protagoniza el núcleo de una obra donde la imagen es el recurso expresivo preponderante.

 

 Lo mismo sucede con estos Diarios. No encontraremos en ellos peripecias ni confesiones sentimentales, sino ejercicios del intelecto superior que pugna por convertir al hombre en instrumento de su mente, relacionando e interpretando más que disfrutando hedonistamente de los placeres sensoriales.

 

Si bien los Diarios compilados por Bianchi Ross son apenas esbozos, apuntes aleatorios, no dejan de resultar interesantes para entender a un hombre cuyas claves pueden resumirse en esta confesión: «El mucho leer y la muerte de mi padre, el 19 de enero de 1929, me alucinaron de tal forma que me fueron preparando para escribir. El ejercicio de la lectura fue completado por la alucinación. Mis alucinaciones se apoderaban de la imagen y me retaban y provocarían mi mundo de madurez, si es que tengo alguno».

 

Junto con sus ensayos, sus poemas y su narrativa, los diarios de Lezama nos revelan a un escritor muy diferente al característico de nuestra Isla que se alimenta, fundamentalmente, de la vitalidad y no del intelecto. Es por eso que la epopeya lezamiana resulta tan universal y a la vez tan cubana.

 

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