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Carta a Ciro Bianchi, el hombre que tiene la historia

Carta a Ciro Bianchi, el hombre que tiene la historia

Por Laidi Fernández de Juan

 

La salida de tu libro más reciente, Yo tengo la historia, por ediciones UNION este año 2008 ,  no hace más que confirmar tu creciente prestigio de “ periodista de la costumbre”. 

Antes de comentarte algunos de los capítulos (o mejor, varias estampas que has agrupado muy acertadamente bajo distintos subtítulos) debo hacer algunas consideraciones.

Cuando hace cuatro  años compilé las mejores de todas las Estampas de Eladio Secades, alguien dijo que ese trabajo debiste hacerlo tú y no yo. No le faltaba razón a ese alguien, y lejos de molestarme el comentario, me elevó a la categoría de buscadora de tradiciones, aún siendo yo muy  atrevida para adentrarme en ese mundo, que ciertamente es tuyo. Ahora, cuando recoges cincuenta de tus crónicas de entre todas las que salen con aire de nuevo en cada emisión dominical del periódico Juventud Rebelde, otro alguien (siempre hay alguien mordaz a la vista) opina que publicas con “abrumadora insistencia”.

No creo que los domingos puedan ser  considerados insistentes, ni que abrumes a nadie con tus indagaciones periodísticas. Eres uno de los cronistas más leídos en este momento, y seguramente alguien dirá (confesará más bien) que  persigue tu página con afán domingo a domingo.

En fin,  no hay que hacerle demasiado caso a alguien. Sin embargo, cuando se trata de una mayoría, cuando son muchos los “alguien”, cuando las opiniones coinciden en que Ciro Bianchi es el heredero de un modo de llevar y traer la noticia, entonces sí es atendible el asunto.

Ser heredípeta  es siempre un riesgo. Una condición que suele incomodar porque nunca se está seguro de ser digno legitimario de aquello que se hereda, sea cual sea el modo. De  ahí que no diré que eres simplemente un sucesor. Hay figuras insustituibles, que dejan lo que diría el escritor uruguayo Verzi “un huellón” en lugar de una huella. Me refiero a escritores  como Secades, como Marcos Behemaras, como nuestro querido Héctor Zumbado en ese costumbrismo criollo que muchos añoramos. No, no eres substituto de nadie.

No existe en la actualidad ningún escritor (a) que dedique su talento a estampar la actualidad. Hay cronistas,  analistas, pero no estamperos puros, como fueron esos maestros. Sin embargo, tu libro (que es decir tu página semanal) funciona como una crónica de crónicas, una estampa de estampas, un vuelco al pasado al estilo de Núñez Rodríguez, pero con tu sello propio.

No se trata de establecer comparaciones, sino de ubicar el garbo de cada quien, sabiendo que cada uno de esos consagrados al periodismo nos legaron el brillo de una noticia que pudiera haberse perdido en la desmemoria, o que se tergiversa al paso del tiempo.

Alguien (y vaya con ese alguien) dijo una vez que el chisme de una nación es su cultura, y entiéndase chisme en su mejor sentido. Hablo de la noticia fugaz, del suceso en apariencia menor, de esas pequeñas cosas que conforman el anecdotario nacional. O sea, de la tradición, del detalle que hace patognomónica a una región, a una fecha, o a un personaje determinado.

He ahí, a mi juicio, el tremendo mérito de tus trabajos: No sólo porque nos adentras en un pasado que desconocemos y por el que sentimos gran curiosidad, sino porque al ofrecernos la visión más objetiva posible (incluso con más de una posibilidad, lo cual aporta una honesta indagación que no das por concluida) actúas como un maestro de Historia.

De la historia que no se encuentra en ningún libro académico. Del detalle, de la noticia que nos asombra, de esos sucesos que nunca nos serán evaluados en un examen. Ese genio del humor que también fue  acucioso investigador llamado Will Cuppy nos dejó su monumental obra “Decadencia y caída de casi todo el mundo”. Tardó casi veinte años en escribirlo para no cometer el pecado imperdonable de hacer referencias históricas que luego resultaran erradas. Hoy no puede hablarse de Marco Polo, de Lucrecia Borgia, de Alejandro Magno sin consultar ese libro, plagado de buen humor, de chispeantes comentarios.

No podrá, asimismo, hablarse del origen del periodismo en Cuba, de las primeras impresiones fotográficas, de la génesis de frases cubanas, del carácter controversial de ciertas figuras y del pasado-pasado sin tu libro Yo tengo la historia.

No tengo conocimiento de cuáles fueron tus intenciones, ni interesa demasiado. Lo que realmente importa es el resultado. Quienes deseen conocer lo que los franceses denominan “La petit histoire” que subyace detrás de cada gran acontecimiento, o incluso el suceso en sí, deberán remitirse a tus investigaciones.

Y que venga alguien a decir que abrumas. Que viva tu insistencia, digo yo.

Gracias.

Laidi Fernández de Juan

Diciembre, 2008.         

 

 

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