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CBianchiRoss/Vida y Obra

Vidas de Ciro Bianchi

Vidas de Ciro Bianchi

Sigfredo Ariel

 

 

 

 

Para los escritores de mi promoción José Lezama Lima era un misterioso dios oculto, hasta que Ciro Bianchi Ross nos lo puso en el plano terrenal. Lo consiguió a través de un libro en el que recopiló artículos dispersos y crónicas más o menos olvidadas que Lezama había publicado en revistas y periódicos. También los editoriales de Orígenes –muy buena idea– y la luego muy llevada y traída respuesta al ataque que en Bohemia le dedicara Jorge Mañach.

Cuando a inicios de los años ochenta apareció aquel volumen, Imagen y posibilidad, en una colección que también, curiosamente, publicó a algunos de los escarnecedores del autor de Paradiso, los entonces jóvenes poetas tuvimos una herramienta que esgrimir ante prejuicios que flotaban en el ambiente. Estaban allí también, entre otras, las páginas de Lezama dedicadas al béisbol, al Che Guevara, a Alicia Alonso, a Carlos Manuel de Céspedes, al 26 de julio y al ángel de la jiribilla. Más que servir de arma contra funcionarios y profesores mediocres que insistían en lo de la torre de marfil, el escapismo y otras acusaciones por el estilo, lo importante era que desde las primeros párrafos del prólogo de Bianchi, Lezama comenzaba a balancearse en un sillón humano con una enorme breva y una sonrisa ya indestructible, medio socarrónica, medio angelical, que alumbraba un montón de cosas cubanas, entre ellas, su propia obra. Y se deshizo la maldición, y José Lezama Lima se puso de moda, hasta el sol de hoy.

Fue más compleja esta historia, claro está, pero me gusta contarla así, como si Ciro Bianchi hubiera decidido el momento de «descongelar» al autor de Aventuras sigilosas. Lo cierto es que, a partir de aquel volumen, Lezama perdió almidón y lejanía, «se nos ha hecho» más familiar, corpóreo, como un tío colosal que viene el domingo de visita  y se sienta frente a la fuente enorme de picadillo y congrí a hablar de las Termópilas.

Gracias también a Bianchi, que posee el don referir con naturalidad cosas portentosas a la vez que nos hace extraordinarios sucesos que otro hubiera pasado por alto –o le hubiesen importado un pito– hemos completado (o «redondeado») más de un relato narrado con precipitación y descuido, porque él ha humanizado terrenos áridos que ciertos manuales de historia intentan embutir a los educandos sin delicadeza alguna. Y por que él es hombre de observación ecuánime, recopilador del dato histórico fiel, más no ratón de archivo; amigo de la épica sin ampulosidad y de la palabra sin recalentamiento, pero no esclavo del manjar de la polilla. Ha encontrado una forma de decir, que no es pequeño hallazgo, y de una apostilla o una cita «saca» un artículo, una crónica amena, adjetivo que no por gusto ha caído casi en total desuso. Decir que uno es lector suyo no es ninguna novedad, pero envidiarlo verdosa y cotidianamente, tal vez sí. Quien redacta estas páginas no lo puede evitar.

Últimamente se le ha visto andando por los barrios de Colón, La Victoria, Pajarito, de hace cincuenta, sesenta, ¡ochenta! años y más, hasta llegar al inicio del siglo que pasó como el fotingo descapotable de una Macorina espectral que a su paso motiva encendidos comentarios de parroquianos de cuanta mesa de aires libres existe en la ruta Malecón, Galiano, Dragones y Zanja, hasta Infanta: dibujo cabalístico que encierra la Ciudad trascendente. Por esa runa penetra y sale cada vez que quiere.

Ciro Bianchi se ha acodado en negros mostradores de bodegas de gallegos a conversar con el recién llegado sobrino a la luz de un ron añejo, y también ha frecuentado establecimientos de chinos, quienes a su paso hacen crecer hasta el infinito una densa nube de vapor blanco, homenaje que le tributan los trenes de lavado y los iluminados sanfancones del barrio hermético. Ha entrado en cientos de cines de barrio, desvanecidos, con errantes Bertinis mudas, parlanchines cómicos, lánguidas Garbos, Saras García, llorosas sempiternamente, y ha fumado su monterrey sin filtro mientras suceden tandas de cantadores criollos con guitarras de los primeros novecientos, antes de que comience la película chirriante que distrae un pianista, y a veces, un piquete de circo con sus grandes timbales danzoneros.

Ha sido sorprendido en tránsito por las mal niveladas calles del 1840 habanero tras haber descendido de la primera guagua, yendo a encontrarse décadas después con Federico Villoch y ponerse a conversar en el año 35 en el bar Fausto, donde va el viejo Romeu a jugar billar con Amadeo Roldán, y más tarde está sentado junto a Lezama, al caer la tarde en la Lluvia de Oro de la calle del Obispo, mientras escucha una lección del Curso Délfico con una sonrisa de medio ganchete.

Orgullosamente tituló a uno de sus libros Yo tengo la historia, y al que cuenta estas y otras muchas cosas, Vida de Café, que se esfumó de los anaqueles apenas llegó a las librerías el año pasado. ¿Existirá un solo Ciro Bianchi Ross? Dudo de su unicidad mientras veo que demora una taza de café en un enorme lobby de hotel, allá en Matanzas, donde le acaban de editar este, su ¿más reciente? libro con viñetas que Conrado Massaguer concibió para el futuro, tal vez para acompañar estas vidas de café. 

Entro en Internet y está allí, y en una guía del país turístico, y en las notas de una edición crítica, y andando arriba-abajo por la calle Céspedes Sur, de Sancti Spíritus, y me saluda: «Estás perdido», dice estrechando mi mano en cualquier salón o patio de la isla, o en la pausa que deja una plenaria intrascendente o en una fiestecilla entrañable con amigos comunes y su esposa gentil. En la televisión está, y en La Gaceta de Cuba y en el diario del domingo.

Ciro Bianchi Ross lee y relee por nosotros, que apenas leemos, indica dónde buscar, dónde enterarnos, dónde está precisamente el sitio. Él llegó a cualquier lugar antes que nosotros, siempre. 

 

 

 

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